Capítulo X
Hasta entonces no habían tenido ningún problema. La primera señal de que existía uno apareció tres días de navegación más tarde.
Malaika estaba en Control comprobando con Wolf las coordenadas. En su camarote, Truzenzuzex estaba rígido en un trance de meditación. Utilizaba esta técnica siempre que deseaba considerar un problema que requiriese una concentración extrema, y a veces simplemente para relajarse. En este estado necesitaba una menor cantidad de energía corporal. En el salón, Tse-Mallory intentaba explicar el funcionamiento de un rompecabezas semántico a Flinx. Atha se encontraba cerca, probando algo aburridamente ganarse a sí misma en el antiguo y utilizado juego de Mono-Polio. Movía los oscuros idolillos y los símbolos en una forma que Flinx encontraba siempre monótonamente repetitiva. Todo continuó con normalidad hasta que Sissiph, aburrida y olvidada en Control por el ocupado Malaika, entró alocadamente en la habitación, con un rastro de pseudoencaje translúcido flotando detrás de ella.
—¡Este es un sitio aburrido! ¡Aburrido, aburrido, aburrido! Como vivir dentro de un ataúd...
Permaneció silenciosa durante unos cuantos minutos, encolerizándose. Como nadie se dignó tenerla en cuenta, se colocó más hacia el centro.
—¡Vaya una colección! Dos pilotos, dos cerebros y un chico con un gusano venenoso por mascota.
La cabeza de Pip se alzó bruscamente y el minidrag hizo un movimiento poco amistoso en dirección a la muchacha. Flinx le acarició la parte trasera de su cabeza hasta que se hubo relajado lo suficiente para que parte de la tensión desapareciese de los largos músculos. Su propia respuesta fue suave cuando consideró la mezcla de inseguridad, rabia y confusión en la mente de la muchacha.
—Es un reptil, y no tiene ninguna relación con...
—¡Reptil! ¡Gusano! ¿Qué diferencia hay? —refunfuñó ella—. Y Maxy no me ha dejado ni siquiera que mire mientras él juega con todas esas preciosas coordenadas y estándares. Dice que le «distraigo». ¿Podéis imaginarlo? ¿Distraerlo?
—Yo tampoco puedo imaginar cómo podrías, querida —murmuró Atha sin levantar la vista del juego.
Ordinariamente, lo más probable hubiese sido que Sissiph no le hubiese dado importancia. Allá en Drallar había tenido amplia oportunidad de endurecerse ante los sarcasmos de Atha. Pero la combinación del largo vuelo y su frustración del momento se unieron para hacerle dar media vuelta. Su voz era tensa.
—¿Se supone que eso es una salida ingeniosa?
Atha continuó sin levantar la vista del juego. Sin duda había esperado que Sissiph ignorase la observación, como hacía generalmente, y saliese de la habitación brincando de impaciencia en un digno enfado. Replicó:
—Es la pura verdad.
—Y tu boca —contestó Sissiph parodiando terriblemente las palabras— es un poco demasiado «floja».
Dio a la mesa del juego un rápido empujón con la rodilla. Al ser portátil y no estar atornillada al material de la nave, se volcó con facilidad. Pequeños objetos de metal y cartas de plástico navegaron en todas direcciones.
Atha cerró los ojos con fuerza sin moverse, y después, despacio, los volvió a abrir. Se dio la vuelta rápidamente para contemplar al lince, con los ojos a la altura de la rodilla de la otra muchacha.
—Cariño, creo que si vamos a proseguir con esta conversación, lo haremos mejor si estamos al mismo nivel.
Su antebrazo se disparó y atrapó a la sorprendida Sissiph por detrás de las rodillas. Esta profirió un sobresaltado alarido y cayó sentada.
De allí en adelante sus cuerpos parecieron fundirse tan íntimamente, que a Flinx le resultaba difícil decir cuál era cada una. Sus pensamientos eran indescifrables. Todo combate científico, por decirlo así, se fue por la borda. Tse-Mallory dejó su rompecabezas e hizo un meritorio, aunque temerario, esfuerzo por detenerlas. Todo lo que recibió fue un largo arañazo en una mejilla. En aquel momento Malaika, llamado apresuradamente por Flinx con un suave sondeo, apareció en la puerta delantera.
—En el nombre de los siete infiernos obscenos, ¿qué está pasando aquí?
Ni siquiera su familiar aullido consiguió algún efecto sobre las dos combatientes, demasiado absortas en su trabajo para advertir los ruegos de un simple mortal. El mercader se adelantó e hizo un intento de separarlas. Varios, de hecho. Era como meter las manos dentro de un torbellino. Frustrado, retrocedió.
Cuanto más tiempo se viviese en los niveles más bajos de Drallar, más conocimiento se adquiría sobre psicología humana elemental. Flinx dijo en alto, pero tranquilamente, poniendo tanto disgusto en su voz como fue capaz de reunir:
—Cielos, ¡si sólo supieseis la pinta tan ridicula que tenéis vosotras dos!
Se arriesgó también a una breve proyección mental de las dos combatientes, apropiadamente embellecidas.
Hubo inmediata paz en la habitación. La nube de cabello, dientes, uñas y trajes desgarrados tocó tierra en un abrupto alto, produciendo dos cuerpos distintos. Ambas miraron vacíamente hacia Flinx; después la una a la otra con incertidumbre.
—Gracias, kijana. Pensé que podrías ayudarnos de vez en cuando, pero parece que tus talentos no tienen fin.
Malaika se acercó y sujetó a cada una por el material que quedaba en la parte trasera del cuello, levantándolas como uno levantaría un par de gatitos obstinados. Las dos se miraron en silencio y parecieron más que dispuestas a empezarlo todo otra vez. Percibiendo esto, él las sacudió tan duramente que sus dientes castañetearon y sus zapatillas cayeron al suelo.
—Estamos cazando un billón de créditos en un territorio recorrido pocas veces, en busca de algo por lo cual cualquier otra compañía en la galaxia me cortaría el cuello alegremente, sólo por conseguir alguna pista, y vosotras dos mwánamkewivu, cretinas, idiotas, no podéis vivir en paz durante un mes.
Las sacudió otra vez, aunque no tan furiosamente. Ninguna de ellas parecía ahora de humor para pelear.
—Si esto vuelve a suceder —y os aviso sólo una vez—, ¡os arrojaré alegremente a las dos por la compuerta más cercana, mordiéndoos y arañándoos si así lo queréis! ¿Entendido?
Las dos mujeres miraron silenciosamente hacia el suelo.
—¡Au ndiyo au la! ¡Contestadme ahora!
La voz resonaba por todo el salón.
Finalmente, Sissiph murmuró casi inaudiblemente:
—Sí, Maxy.
El se volvió y miró a Atha con aire asesino.
—Sí, señor —dijo ella mansamente.
Malaika había continuado, pero Wolf escogió aquel momento para asomar la cabeza dentro de la habitación.
—Capitán, creo que haríais bien en venir a echar una ojeada a esto. Hay un objeto, u objetos, en las pantallas que yo diría que es una nave o varias. Me gustaría vuestra opinión.
—¿Nini? —rugió Malaika, girando—. ¿Qué?
Soltó a las dos mujeres. Ambas permanecieron silenciosas, intentando poner orden en el caos de sus vestidos. Ocasionalmente, una miraría hacia la otra, pero de momento por lo menos las dos parecían totalmente avergonzadas.
—Parece acercarse a nosotros, señor. Me gustaría que vinieseis a echar un vistazo... ahora.
Malaika se volvió para enfrentarse a las luchadoras de hacía un momento.
—Atha, arréglate y vete adelante... ¡Upesi! Sissiph, tú vuelve a nuestro camarote y quédate allí.
Las dos asintieron sobriamente y partieron en diferentes direcciones.
—Sociólogo, id y sacad a vuestro amigo de ese semisueño o como lo llame. Os necesito con plena conciencia en caso de que algo desfavorable suceda. Tengo el presentimiento de que ambos habéis tenido al menos un mínimo de experiencia con las maniobras de una nave en el espacio profundo.
Tse-Mallory había comenzado a salir en dirección del camarote de Truzenzuzex. Se detuvo para devolverle la sonrisa al enorme mercader.
—Algo así —dijo tranquilamente.
—Estupendo. ¿Kijana?
Flinx le miró.
—Conserva un ojo atento sobre tu mascota. Las cosas por aquí podrían ponerse un poco saltarinas. No conozco lo excitable que pueda ser ese pequeño demonio, pero no me gustaría tenerlo entre mis pies nervioso alrededor de gente ocupada en sus asuntos.
—Sí, señor. ¿Tenéis alguna idea de lo que pueda ser?
—Sí y no. Me temo que lo probable sea lo primero. Y eso es malo —hizo una pausa, pensativo—. Puedes venir delante si quieres, mientras vigiles esa serpiente. Dile a nuestros sabios pasajeros que también pueden venir si así lo desean. Hay bastante sitio. A la única que no quiero por allí es a Sissiph. La deliciosa pakadogo tiene tendencia a ponerse histérica cuando las cosas no están donde ella pueda poner un dedo... u otras cosas deliciosas... sobre ellas. Pero creo que quizá a los otros les gustaría estar por allí cuando averigüemos qué es esto. Y quizá puedan contribuir con intuiciones. Yo valoro altamente las intuiciones. A propósito, ¿crees que podrías contestarme satisfactoriamente a esa pregunta?
Flinx se concentró intensamente. Estaba muy lejos, pero no había ninguna otra cosa en años luz; así que apareció fuerte, fuerte. «Aquello» era maligno, extraño, imagen de aire seco, sal, sangre, gusto a sal, relieve, todo envuelto en pensamientos fríos, claros como nieve derretida, que encajaban solamente en un tipo.
Miró hacia arriba y parpadeó. El mercader le observaba intensamente, con muestra de preocupación. Entonces se dio cuenta de las gotas de sudor en su frente. Dijo una sola palabra, porque era suficiente. —AAnn.
El mercader asintió pensativamente y se dirigió hacia la puerta.